Esposos, quiero hablaros hoy de algo que a veces se presenta como «el plan B» y que en realidad puede ser «el plan de Dios.»
La adopción.
Hay en el mundo millones de niños que no tienen padre ni madre. Niños que han sido abandonados, que crecen sin la familia que todo ser humano necesita. Niños que esperan. No el mismo tipo de espera que la vuestra, pero una espera igualmente real y dolorosa.
¿Y si vuestra espera y la de ellos fueran la respuesta el uno del otro?
La adopción no es un amor de segunda. No es el amor de los que no pudieron tener hijos propios. Es el amor más libre que existe: el que elige. Porque el hijo biológico llega. El hijo adoptado se busca. Se elige. Se va a buscar.
Y ese amor que elige tiene mucho de Dios. Porque Dios nos adoptó. Todos nosotros somos hijos adoptivos de Dios — hijos en el Hijo, como dice San Pablo. Nadie llega a Dios por «mérito biológico.» Todos somos adoptados por su amor gratuito.
Si Dios os llama a la adopción, no lo miréis como un fracaso. Miradlo como una vocación heroica. Como la misión más bonita que existe: dar una familia a quien no la tiene.
No toméis esta decisión con prisa. Orad. Discernid juntos. Y si el Señor os confirma en ese camino, dadle las gracias. Que hay hijos que os están esperando sin saberlo.
Con cariño de hermana en Cristo,

Montserrat Bellido Durán
Fundadora y Directora de FID




