Esposo, esposa:
Si has abierto este texto es porque llevas algo dentro que pesa. Algo que quizás no dices en voz alta pero que te acompaña cada día. El deseo de un hijo que no llega. La espera que se alarga. La oración que parece no subir. El mes que pasa y vuelve a la misma respuesta.
Quiero que sepas que no estás solo. No estás sola.
Yo también he pasado por esta cruz durante cinco largos años, he vivido con mi amado esposo Juan Pablo exactamente lo que vosotros estáis viviendo. El dolor de desear algo bueno —algo muy bueno, algo que Dios mismo puso en el corazón del matrimonio— y ver que pasaba el tiempo y no llegaba.
He llorado mucho, y en esos momentos, mi esposo siempre me ha abrazado y me ha consolado diciendo: “Pues si no vienen hijos, hágase la voluntad de Dios”. Y esas palabras siempre me dieron fuerza y paz. Rezamos mucho y muchísimas personas rezaban por nosotros y esta intención. Después de cinco años de prueba, por intercesión de San José vimos a Dios actuar, nos concedió el milagro de ser padres. Nunca nos rendimos, seguimos confiando, porque Dios lo puede todo y pusimos nuestra espera en manos de Dios sin quitársela, Los esposos que viven así siempre reciben algo.
En estas ocho reflexiones quiero acompañaros. No con respuestas fáciles, porque no las hay. No con promesas que no me corresponde hacer, porque el futuro está en manos de Dios. Sino con lo que una católica, que ha vivido lo mismo, puede daros: la verdad de la fe, el consuelo de saber que Dios os ve, y el camino que la Iglesia ofrece para vivir esta cruz con dignidad, con esperanza y sin traicionar la conciencia.
Dios no os tiene abandonados, está a vuestro lado siempre, en espera de vuestras buenas obras. Tened paciencia, que la paciencia apoye vuestra fe, y veréis deslumbrar al alba a la Divina Providencia, que como Luz de Amor, alumbrará vuestra vida de belleza.
Porque hay un camino fiel. Hay médicos y científicos que trabajan al servicio de la vida natural. Hay santos del Antiguo Testamento que esperaron lo que vosotros esperáis y que pueden enseñaros a esperar. Y hay un Dios que no os tiene abandonados. Jamás.
Entrad. Que estas páginas son para vosotros.
Con cariño de hermana en Cristo,

Montserrat Bellido Durán
Fundadora y Directora de FID




