Esposos, necesito hablaros de algo delicado. Algo que el mundo os presenta como la solución obvia y que la Iglesia rechaza con claridad. Me refiero a la fecundación in vitro y a otros métodos artificiales de reproducción.
Sé que la tentación es grande. Sé que cuando uno lleva años esperando y ve que hay una técnica que promete resultados, para algunos es muy difícil resistirse. Lo entiendo. De verdad.
Pero hay verdades que son verdad aunque duelan. Y esta es una de ellas.
La fecundación in vitro separa la concepción de la unión conyugal de los esposos. Produce embriones — personas humanas — fuera del cuerpo, en un laboratorio. Y en ese proceso, inevitablemente, algunos de esos embriones se descartan, se congelan, se destruyen. Cada embrión descartado es una vida humana que muere.
Cuando Dios da vida, la da en el ámbito del amor conyugal. Ese es el lugar sagrado que Él diseñó para la transmisión de la vida. Y ese lugar no puede ser sustituido por un laboratorio sin perder algo esencial: la dignidad del acto de amor que da vida, y la dignidad de cada vida que se engendra.
La naturaleza vive, y quien hace vivir a la naturaleza es Dios. Y Dios ha establecido que, si no hay condiciones naturales óptimas, no hay vida. Podemos aprender de la naturaleza e imitarla con la medicina. Pero no podemos sustituirla sin consecuencias.
Esposos, la FIV no es el camino fiel a lo que Dios quiere. Y esa infidelidad tiene consecuencias que van más allá de lo que uno puede ver en el momento. Recapacita y confiésate.
Mi marido y yo, estuvimos siempre abiertos a la vida, pero pasaban los meses, los años, y no me quedaba embarazada. No faltaron personas que nos recomendaban el usar la FIV u otro método artificial, pero nosotros les decíamos: “Con esas practicas se matan muchos niños, si Dios no nos envía hijos de manera natural, nos vamos a aguantar” Y no es que no deseáramos hijos, al contrario, yo soy la cuarta de dieciséis hermanos y Juan Pablo es el séptimo de doce. De novios habíamos hablado muchas veces de lo bonito que seria tener una familia grande. De hecho, a mí me encantó el día que el me dijo: “Tengo carnet de autobús, podemos llenar uno sin problema” y yo le respondí emocionada: “Claro que sí”. Podéis imaginar cuan duro y doloroso era ver que pasaba el tiempo y nada… ya que era algo que yo había soñado desde niña: ser madre de muchos hijos. Siempre tuve muy claro que esa era mi vocación.
Quedaros en el camino fiel. Aunque sea más difícil. Aunque sea más largo. Porque el camino fiel tiene una paz que el otro no tiene.
El fin no justifica los medios.
Con cariño de hermana en Cristo,

Montserrat Bellido Durán
Fundadora y Directora de FID




