Hermano, hermana, antes de seguir adelante necesito deciros algo muy importante que la Iglesia enseña con certeza y que a veces nadie os dice con la claridad que necesitáis:
Lo que da validez al matrimonio no son los hijos.
Lo que da validez al matrimonio es contraerlo cara a Dios, prometiendo uno al otro amarse, estar siempre abiertos a la vida en los actos conyugales, ser fieles, convivir juntos, ayudarse en todo y mutuamente ayudarse a santificarse. Eso. Eso es el matrimonio sacramental. Y eso lo tenéis vosotros.
Vuestro matrimonio no está incompleto porque no haya llegado todavía un hijo. No sois menos esposos. No estáis menos amados por Dios. No tenéis un matrimonio de segunda categoría.
Sois esposo y esposa. Unidos por Dios en un vínculo que ningún ser humano puede romper. Y ese amor que os tenéis el uno al otro, ese amor fiel, ese amor cotidiano que se sostiene incluso en el sufrimiento de la espera, ese amor es santo. Completamente santo.
El sufrimiento de no tener hijos es una cruz. Y la cruz no significa que Dios os castigue. Significa que Dios confía en que podéis cargarla y que en ella hay una gracia escondida que todavía no veis del todo. Porque la cruz siempre precede a la Resurrección.
No dejéis que el dolor os haga dudar de la santidad de vuestro matrimonio. Es santo.
Con cariño de hermana en Cristo,

Montserrat Bellido Durán
Fundadora y Directora de FID




