Esposos, quiero hablaros hoy de tres mujeres del Antiguo Testamento que vivieron exactamente lo que vosotros estáis viviendo. Tres mujeres que esperaron. Que sufrieron. Que lloraron. Y que vieron a Dios actuar cuando humanamente ya no parecía posible.
Sara, la esposa de Abraham, esperó un hijo durante décadas. Cuando el Ángel anunció que iba a quedar encinta, Sara se rió. No de alegría. De incredulidad. Porque humanamente era imposible. Y sin embargo, Isaac nació. Y Sara dijo: «Dios me ha dado motivo de risa; todos los que lo sepan se reirán conmigo.»
Raquel, la esposa amada de Jacob, veía cómo su hermana Lía tenía hijo tras hijo mientras ella permanecía estéril. Y el Evangelio dice: «Y acordóse Dios de Raquel, la escuchó y la hizo fecunda.» Siéntete Raquel, esposa. Aprende de su sufrimiento, como me gusta decir, para el alimento de tu esperanza de fe.
Isabel, la mujer de Zacarías, era estéril y de edad avanzada cuando el Ángel anunció el nacimiento de Juan. Zacarías dudó. Y Dios le hizo enmudecer hasta que el milagro ocurrió. Porque hay veces que Dios nos hace callar mientras prepara el tiempo de hacernos el milagro que tanto le pedimos.
¿Veis el hilo? En los tres casos, el milagro llegó cuando humanamente parecía imposible. No porque Dios sea el Dios de lo imposible. Sino porque Dios es el Dios que actúa en la historia real de personas reales que esperan con fe.
Esposos, no dejéis de creer. No es fácil creerlo cuando los meses, los años pasan. Pero creed. Que la fe que no ha sido probada es una fe pequeña. Y la fe probada por la espera, cuando se mantiene, se convierte en algo tan poderoso que puede mover montañas.
Claro que puede Dios. ¿Por qué pides a Dios y luego no crees que te será dada tu petición? No dudes.
Con cariño de hermana en Cristo,

Montserrat Bellido Durán
Fundadora y Directora de FID




