“Los amó hasta el extremo”
Hermano, hermana, el Evangelio de Juan abre el relato de la Última Cena con una frase que hay que leer despacio: “Jesús, sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.”
Amó hasta el extremo. “Hasta el extremo” en griego es “eis télos”: hasta el final, hasta la última gota, sin reservar nada. Así amó Dios.
Esta noche, hermano, hermana, Jesús sabía lo que le esperaba. Sabía que Judas iba a traicionarle. Sabía que Pedro iba a negarle. Sabía que los demás iban a huir. Y a pesar de saberlo, se sentó a la mesa con ellos. Les sirvió la cena. Les lavó los pies. Y les dio su propio Cuerpo y su propia Sangre.
Así es el amor de Dios. No un amor que espera a que el otro lo merezca. Un amor que ama primero, que sirve primero, que da primero. Siempre.
EL LAVATORIO DE LOS PIES
Imagina la escena. La sala del cenáculo. Los doce apóstoles alrededor de la mesa. El olor del cordero asado, del pan, del vino. Y entonces Jesús, el Maestro, el Señor, el Hijo de Dios, se levanta, se quita el manto, se ata una toalla a la cintura, llena una palangana de agua y empieza a arrodillarse ante cada uno de ellos.
Ante cada uno. Uno por uno. También ante Judas, que ya llevaba en el bolsillo las treinta monedas. También ante Pedro, que esa misma noche iba a jurar por su vida que no le conocía.
Cuando llega a Pedro, Pedro no puede soportarlo: «Señor, ¿tú lavarme los pies a mí?» Y Jesús le mira y le dice algo que nos dice a todos: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo.«
¿Lo escuchas, hermano, hermana? «Si no te lavo, no tienes parte conmigo.» Dios necesita lavarte. Necesita arrodillarse ante ti. No porque tú lo merezcas, sino porque así es Él. Y si no le dejas, te pierdes lo más importante.
¿Le dejas tú lavarte? ¿Le dejas entrar? ¿Le dejas servir? A veces el orgullo nos impide recibir el amor de Dios igual que le impidió a Pedro en ese primer momento. Aprende de Pedro, que al final dijo: «Entonces, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.» Así. Con esa generosidad de dejarse amar del todo.
LA EUCARISTÍA: EL REGALO MÁS GRANDE
Esta misma noche, hermano, hermana, en esa misma mesa, Jesús hizo algo que ningún ser humano hubiera podido imaginar. Tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía.«
Y después tomó el cáliz con el vino y dijo: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.«
Dios inventó la manera de quedarse. De no irse nunca. De estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, de la manera más real que existe: el Pan y el Vino que son su Cuerpo y su Sangre.
La Eucaristía no es un símbolo bonito. No es un gesto conmemorativo. Es Jesús. Real. Presente. Vivo. En ese pequeño pedazo de pan blanco que el sacerdote sostiene en la Misa, está Dios.
¿Cuántas veces has comulgado sin darte cuenta de esto? ¿Cuántas veces has recibido a Dios distraído, con prisa, pensando en el aparcamiento o en la lista de la compra?
Esta tarde, en la Misa de la Cena del Señor, cuando te acerques a comulgar, para un momento. Un momento solo. Y di por dentro: «Jesús, aquí estoy. Ven. Y no me dejes.«
EL HUERTO DE GETSEMANÍ: LA AGONÍA DE DIOS
Después de la Cena, fueron al Huerto de Getsemaní. Y allí, hermano, hermana, ocurrió algo que me parte el corazón cada vez que lo leo: Jesús, Dios, el Todopoderoso, se arrodilló en la tierra y sudó sangre.
«Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz.» No lo dice un cobarde. Lo dice un hombre que sabe exactamente lo que le espera y que, en su humanidad perfecta, tiembla ante ello. El flagelo. Los clavos. La Cruz. La muerte.
Y sin embargo añade: «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.«
Ahí está, hermano, hermana. La oración más grande que se puede rezar. La oración que Jesús nos enseñó con su propia agonía: «No lo que yo quiero. Lo que Tú quieras, Padre.«
¿Puedes tú rezar esa oración con tu vida? ¿Con lo que más te pesa? ¿Con lo que no entiendes, con lo que duele, con lo que no quisieras que fuera así? «No lo que yo quiero, Señor. Lo que Tú quieras.«
Eso es la fe más alta. Y Jesús la vivió primero, en el barro del Huerto, sudando sangre, para que supiéramos que se puede.
Y mientras Jesús oraba así, los apóstoles dormían. «¿Ni una hora habéis podido velar conmigo?» Les preguntó con una tristeza infinita. Una tristeza que reconozco, hermano, hermana. Porque cuántas veces hemos dormido nosotros también cuando Jesús nos pedía que estuviéramos con Él.
Esta noche, no te duermas. Quédate despierto-a. En la adoración eucarística, en la oración personal, en el silencio de tu habitación. Acompáñale esta noche.
“Velad y orad para no caer en la tentación.” — Mt 26,41
✦ Para hoy, Jueves Santo:
Ve a la Misa de la Cena del Señor esta tarde-noche. Es la Misa más hermosa del año, la que lo empezó todo.
Cuando laven los pies, no mires sólo. Entra en la escena. Deja que Dios te lave a ti.
Cuando comulgues, quédate en silencio al menos diez minutos después. Solo Dios y tú.
Y si tu iglesia tiene adoración eucarística nocturna, quédate un rato. Aunque sea media hora. Vela con Él. Esta noche, no le abandones.
Con cariño de hermana en Cristo,
Montserrat Bellido Durán

