Querido amigo, hay Navidades que no se parecen en nada a las de las películas.
No hay mesas llenas, ni risas fáciles, ni abrazos sinceros.
Hay silencios. Hay ausencias. Hay heridas abiertas.
Y hay personas que llegan a estas fechas con una sensación muy concreta:
todo les ha fallado, menos Dios… o quizá incluso sienten que Dios es lo único que les queda.
Y, aunque parezca paradójico, ahí empieza la Navidad de verdad.
Dios no nació en unas circunstancias ideales.
A veces idealizamos la Navidad como una fiesta para familias unidas, corazones alegres y situaciones ordenadas. Pero el Evangelio nos muestra justo lo contrario. Cristo no nació en una casa, ni rodeado de comodidades, ni en un ambiente cálido y protector.
Nació fuera, en la pobreza, en el rechazo, en la precariedad.
Nació cuando no quedaba nada humano que garantizara seguridad.
Y eso no es un detalle secundario. Dios eligió nacer cuando lo único que quedaba era confiar en Él.
Cuando todo falla, Dios no se retira: se acerca.
Hay momentos en la vida —y especialmente en Navidad— en los que uno puede sentirse incomprendido por su familia,
solo a pesar de estar rodeado de gente, cansado de luchar siempre por la paz, herido por injusticias, agotado de cargar cruces que no eligió.
Y surge la pregunta silenciosa:
“¿Por qué, Señor, si intento hacer el bien, todo se vuelve tan difícil?”
La Navidad no responde con explicaciones intelectuales. Responde con un hecho real.
Dios no vino a decirnos “te explico por qué sufres”, vino a decirnos “no sufres solo”.
Cuando Dios es lo único que queda, se purifica la fe.
Mientras tenemos apoyos humanos, es fácil apoyarse en ellos. Pero cuando esos apoyos se rompen, la fe se vuelve auténtica y verdadera.
Cuando Dios es lo único que queda la fe deja de ser costumbre, la oración deja de ser fórmula, el amor se hace más vivo.
La Navidad se convierte en un acto radical de confianza. No porque todo vaya bien, sino porque Dios sigue siendo Dios incluso cuando todo va mal.
La Navidad no es sentir, es creer. Hay quien se culpa por no “sentir” la Navidad… no sentir alegría, no sentir ilusión, no sentir entusiasmo. Pero la Navidad cristiana no se mide por sentimientos, sino por fe. Creer que Dios está contigo aunque no lo notes, que Dios actúa aunque no lo veas. Dios sostiene aunque estés cansado, Dios no se equivoca aunque no entiendas nada. Eso es una fe madura. Y esa fe agrada mucho a Dios.
Cristo nace en los corazones vacíos.
El mundo dice que hay que llenar la Navidad de cosas. Dios hace lo contrario: la llena cuando el corazón está vacío.
Cristo no nace donde hay ruido, control y orgullo. Nace donde hay humildad, pobreza interior, abandono, silencio, confianza. Por eso, si hoy sientes que solo te queda Dios, no estás perdiendo nada esencial.
Estás en el lugar exacto donde Dios quiso nacer.
Cuando no queda nada, Dios basta.
San Pablo lo entendió bien cuando dijo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte.” Y muchos santos lo confirmaron con su vida; cuando se quedaron sin apoyos, sin comprensión, sin consuelos… Dios se convirtió en Todo. No siempre Dios les quitó la cruz, pero siempre les dio la gracia para cargarla.
Una Navidad distinta, pero verdadera.
Quizás esta Navidad no sea como la soñabas. Pero puede ser más profunda, más real y más fecunda que muchas otras.
Si hoy sólo te queda Dios, abrázalo, confía, descansa.
Porque cuando Dios es lo único que queda, ahí empieza la Navidad que transforma el corazón.
Un súper abrazo en Cristo que te ama de verdad.
Contigo
Montserrat Bellido Durán

