«Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás»
Amigo, amiga, hoy te han puesto ceniza en la frente.
Una crucecita de ceniza. Pequeña, oscura, hecha de lo que fue verde y vivo y ya no lo es. Y con ella, una verdad que el mundo no quiere oír pero que tú y yo tenemos que gritar con toda nuestra alma: somos polvo. Polvo que Dios amó tanto, que lo besó y lo llenó de vida. Polvo que Dios amó tanto, que se hizo polvo también, en Jesucristo, para salvarlo.
Eso eres tú. Polvo amado. Polvo rescatado. Polvo con destino eterno.
Y empieza la Cuaresma.
¿Qué es la Cuaresma, amigo mío?
Te lo digo sin rodeos: la Cuaresma es una oportunidad. Una oportunidad enorme, gratuita, que Dios Padre te da cada año, con una generosidad que yo no me canso de agradecerle. Es cuarenta días —cuarenta, como Jesús en el desierto— para volver a casa. Para mirar a Dios a los ojos, sin vergüenza ya, porque te habrás confesado, y decirle: «Padre, aquí estoy. Tuyo soy. Haz de mí lo que quieras.»
Muchos harán «propósitos de Cuaresma» como quien hace dieta en enero. Lo intentarán tres días y lo dejarán. No porque sean malos, sino porque han olvidado lo esencial: la Cuaresma no va de quitar cosas. Va de encontrar a Alguien.
Ese Alguien te espera en el Sagrario. Ahora mismo. Mientras lees esto.
Hermano, hermana: ¿cuándo fue la última vez que te confesaste?
No te lo pregunto para avergonzarte. Te lo pregunto porque te quiero. Porque soy católica y sé, con la certeza de quien ha visto muchas almas resucitar en el confesonario, que ahí dentro te espera la mayor alegría de tu vida.
El mundo te dice: «tú vales mucho, tú estás bien así, no necesitas que nadie te perdone.» Y yo te digo, con todo el amor de esta amiga católica que reza por ti: eso es mentira. Una mentira muy peligrosa. Porque precisamente cuando cargamos el peso del pecado —aunque no lo notemos, aunque lo hayamos normalizado— es cuando menos amamos, cuando menos vivimos, cuando el corazón pesa como una piedra y no sabemos por qué.
Ve a confesarte esta Cuaresma. No lo dejes para la Semana Santa. Ve pronto. ¡Ve esta semana! Y sal de ahí nuevo, nueva, limpio, limpia, con ese peso quitado de los hombros que sólo Dios sabe quitarte.
Tres cosas te pido para estos cuarenta días:
Primera: el ayuno. No sólo de comida. Ayuna de lo que te aleja de Dios. ¿Sabes tú mismo lo que es? Sí que lo sabes. Ese programa que miras demasiado, esa conversación que te llena de amargura, esa queja constante que te tiene encadenado. Ayuna de eso. Deja un hueco. Y en ese hueco, mete a Dios.
Segunda: la oración. No la oración de los domingos cuando hay tiempo. La oración de cada día, la oración pequeña y fiel, la que le dice a Dios: «Aquí estoy. Sé que existes. Sé que me amas. No lo entiendo todo, pero confío.» Reza el Santo Rosario a nuestra Madre, a la Virgen María, que ella sabe llevarte de la mano hasta la Cruz, sin que te pierdas en el camino. Siempre María. Siempre.
Tercera: la limosna. Da. Da algo que te cueste. No los céntimos que te sobran. Algo que notes. Porque cuando damos de verdad, algo se rompe en nosotros —algo bueno, algo necesario— y entramos en la lógica de Dios, que es la lógica del amor que no calcula.
Y hay una cuarta cosa, que es la más importante de todas:
Contempla la Cruz.
Busca un crucifijo en tu casa. Si no tienes, cómprate uno esta semana, que es lo mejor que podrás comprar en tu vida. Y cada noche, antes de dormir, mírale. Mira a Jesús crucificado. No digas nada si no quieres. Solo mira. Mira ese amor tan enorme que no cabe en ninguna cabeza humana, ese amor que prefirió morir antes que dejarte solo.
Hermano, hermana: Él hizo eso por ti. Por ti, concretamente. Por tu nombre, por tu historia, por tus pecados, por tus miedos, por tus sueños. Por todo lo que eres. La Cuaresma es el tiempo en que la Iglesia nos lleva de la mano hasta ese momento, hasta el Viernes Santo, para que lo veamos, para que lo sintamos, para que no se nos olvide jamás lo que valemos a los ojos de Dios.
Porque si Dios murió por ti, ¿qué no hará por ti mientras vives?
Termino con lo que empecé: eres polvo. Pero eres polvo que Dios besa. Polvo que Dios elige. Polvo que Dios resucitará.
Que esta Cuaresma te cambie por dentro. Que cuando llegue la Vigilia Pascual y suene el «¡Aleluya!», seas más de Dios que cuando empezaste. Eso es todo lo que te pido. Eso es todo lo que Dios te pide.
Un abrazo fuerte. Rezo por ti, hermano mío, hermana mía.
¡Viva Jesucristo!
Con cariño de hermana,
Montserrat Bellido Durán

